La iglesia San Martín de Porres, ubicada en la intersección de las calles Soledad y 2 de Mayo, no solo lleva el nombre del santo peruano más querido, sino que también encarna, en su accionar cotidiano, los valores que dieron sentido a su vida: la humildad, el servicio y la compasión por los pobres. En una ciudad marcada por desigualdades profundas y desafíos sociales crecientes, este templo se ha convertido en un faro de esperanza para cientos de personas que encuentran en su labor pastoral un refugio físico y espiritual.

El párroco, padre Raymundo Portelli, ha sabido imprimirle a esta parroquia un sello muy particular. Médico y sacerdote, ha entendido que el dolor del cuerpo y el sufrimiento del alma son dos dimensiones inseparables del ser humano. En ese sentido, la atención espiritual que ofrece va acompañada de acciones concretas de ayuda: alimentación, salud, acogida y rehabilitación. Así como San Martín curaba enfermos y recogía a los abandonados en Lima del siglo XVII, la parroquia iquiteña prolonga su obra en pleno siglo XXI, en el corazón de la Amazonía.

Las casas de acogida que dependen de esta iglesia (Santa Rosa de Lima, Talita Kumi, Algo Bello para Dios y Betania) son ejemplo tangible de ese compromiso. En ellas se atiende a enfermos terminales, personas con adicciones, ancianos abandonados y ciudadanos sin hogar. No hay distinción de credo ni condición social. El único requisito es la necesidad. Este modelo de caridad organizada, sostenido con campañas como el Trote de la Solidaridad, el Bingo Solidario y el apoyo económico mensual de los benefactores y el apoyo solidario de los agentes pastorales, demuestra que la fe puede traducirse en acción y que la Iglesia, cuando se pone al servicio, se vuelve una institución viva y transformadora.
El propio San Martín de Porres, mulato y humilde, fue testimonio de una Iglesia que derriba barreras sociales y raciales. En su tiempo, enfrentó prejuicios por su origen y condición, pero respondió con paciencia y entrega al prójimo. De igual modo, la parroquia que lleva su nombre en Iquitos desafía los prejuicios de la indiferencia y del abandono. Donde otros ven miseria, sus voluntarios ven dignidad. Donde otros cruzan de acera, ellos tienden la mano.

La figura de San Martín cobra, además, una vigencia especial en la Amazonía peruana. En un territorio donde la pobreza, la exclusión y el deterioro ambiental golpean con fuerza, la caridad martiriana se expresa no solo en ayudar al ser humano, sino también en cuidar la “casa común”. Varias de las iniciativas parroquiales incluyen educación ambiental, campañas de limpieza y acompañamiento a comunidades ribereñas, mostrando que la fe también se traduce en responsabilidad ecológica.

El ejemplo del padre Portelli, quien estudió medicina en Iquitos para servir mejor a su comunidad, recuerda a ese santo que, con escoba en mano, limpiaba los pisos del convento y curaba a los enfermos con hierbas. Ambos representan el cristianismo práctico, el que no se encierra en los templos, sino que sale a los caminos, escucha y actúa. No hay discurso más convincente que la coherencia entre palabra y obra, y en eso esta parroquia ha sabido honrar su nombre.
Sin embargo, esta labor no está exenta de dificultades. Mantener las casas de acogida implica gastos significativos en alimentación, medicamentos, electricidad y personal. Las donaciones, aunque constantes, son insuficientes para cubrir la demanda creciente. Por eso, cada campaña de recaudación es también un acto de fe colectiva, una invitación a la solidaridad que trasciende lo religioso. Quien dona no solo ayuda a la Iglesia: ayuda a su propio prójimo.

La presencia del obispo Miguel Ángel Cadenas en las celebraciones de hoy reafirma ese respaldo institucional que sostiene a la parroquia en su caminar. La misa en memoria de San Martín no es solo un rito devocional, sino un recordatorio de que su mensaje sigue vigente: servir con alegría, incluso en medio de las carencias. En un tiempo en que la desconfianza hacia las instituciones abunda, esta comunidad demuestra que la fe organizada puede ser sinónimo de transparencia, servicio y entrega.
La parroquia San Martín de Porres de Iquitos no solo predica el Evangelio, sino que lo practica. En su labor se mezclan la medicina del cuerpo y la medicina del alma, la ayuda material y el consuelo espiritual. Cada plato servido, cada cama ofrecida, cada palabra de aliento pronunciada, son fragmentos de un mismo milagro cotidiano. Y en cada uno de esos actos, el espíritu del santo limeño parece revivir, confirmando que su herencia no murió hace cuatro siglos, sino que late con fuerza en el corazón de la Amazonía.

Así, al conmemorarse hoy un nuevo aniversario de su muerte, San Martín de Porres sigue presente en Iquitos. No como una imagen distante o un nombre en una fachada, sino como una forma de vida. Porque mientras haya quienes curen, acojan y sirvan sin esperar recompensa, el santo de la escoba seguirá barriendo la tristeza del mundo con su ejemplo eterno.






