Un nuevo derrame de petróleo ocurrido el último sábado en el río Marañón vuelve a recordarnos una dolorosa verdad: la Amazonía sigue siendo tratada como territorio de sacrificio. Una vez más, el crudo cae al río, una vez más las comunidades alertan primero que las autoridades, y una vez más el país parece reaccionar tarde frente a una tragedia que para los pueblos amazónicos ya no es noticia, sino rutina.
Lo ocurrido cerca de la comunidad de Saramurillo no es un hecho aislado. Es parte de una larga historia de contaminación vinculada a la actividad petrolera en la selva norte del Perú. Durante décadas, los derrames han marcado la vida de comunidades indígenas y ribereñas que dependen del río para vivir, para alimentarse, para transportarse y para sostener su cultura.

Cuando el petróleo cae al agua no solo se contamina un recurso natural. Se contamina la vida misma. El río Marañón no es únicamente una corriente de agua; es la fuente de pesca, de consumo y de subsistencia para cientos de familias que viven en sus riberas. Cada mancha de crudo que baja con la corriente arrastra también la seguridad alimentaria y la salud de las comunidades.
Lo más preocupante es que, según lo denunciado por los propios pobladores, las primeras horas después del derrame transcurrieron sin acciones visibles de contención. En situaciones como estas, el tiempo es determinante. Cada hora que pasa sin activar los protocolos de emergencia permite que la contaminación se expanda y afecte a más territorios.

Las comunidades amazónicas no pueden seguir siendo las primeras en alertar y las últimas en ser atendidas. Las empresas que operan en la zona, así como el Estado, tienen la obligación de responder de manera inmediata ante este tipo de incidentes. No se trata de favores ni de gestos de buena voluntad, se trata de responsabilidades legales y éticas.
También es momento de recordar que detrás de cada derrame hay una cadena de decisiones. Decisiones empresariales sobre seguridad y mantenimiento, decisiones estatales sobre fiscalización, y decisiones políticas sobre el modelo de desarrollo que se impone en la Amazonía. Cuando estas decisiones fallan, el costo lo pagan siempre los mismos: las comunidades.

El discurso del progreso no puede seguir justificando la contaminación de los territorios amazónicos. La riqueza que sale de la selva en forma de petróleo contrasta con la pobreza estructural de muchas de las comunidades que viven en estas zonas. Esa contradicción revela una profunda deuda histórica con la Amazonía.
Además, los impactos de estos derrames no terminan cuando desaparece la mancha de petróleo. Sus efectos pueden durar años. Se afectan los peces, el agua, los suelos y, sobre todo, la salud de las personas. Las enfermedades gastrointestinales, dermatológicas y respiratorias se vuelven parte de la vida cotidiana en lugares donde el Estado llega tarde o simplemente no llega.

Por ello, este nuevo derrame debe servir para algo más que para generar titulares momentáneos. Debe abrir un debate serio sobre la forma en que se gestionan las actividades extractivas en la Amazonía y sobre la necesidad de fortalecer la vigilancia ambiental y la protección de los territorios indígenas.
La Amazonía no puede seguir siendo el lugar donde los errores se repiten y las responsabilidades se diluyen. El río Marañón no es un simple canal de transporte de petróleo. Es un río vivo, un río que sostiene pueblos, culturas y ecosistemas. Defenderlo no es un capricho ambientalista; es una obligación moral con el presente y con el futuro de la Amazonía.








