La Amazonía vuelve a hablar. Lo hace desde el Putumayo, desde la comunidad 8 de Diciembre, desde la voz de los abuelos que aún recuerdan el miedo, la violencia y el silencio del llamado “tiempo del caos”. Y lo hace con una pregunta incómoda que atraviesa generaciones: ¿quién escucha realmente a los pueblos de la selva?
Durante quince días, jóvenes, lideresas, organizaciones y ancianos se reunieron para rescatar memorias que el país nunca quiso oír. Historias guardadas por décadas, marcadas por dolor, sangre y abandono. Historias que no están en los libros escolares, ni en los discursos oficiales, ni en las campañas electorales que prometen progreso desde oficinas lejanas.
La memoria amazónica no es un ejercicio romántico. Es un acto de supervivencia. Porque cuando un pueblo no es escuchado, el silencio se convierte en una forma de violencia. Y eso es lo que ha vivido la Amazonía durante generaciones: el silencio del Estado.
El país conoce poco del sufrimiento que cargan los pueblos amazónicos. Se habla de la selva como pulmón del mundo, como destino turístico, como reserva de recursos naturales. Pero rara vez se habla de las personas que viven en ella. De sus heridas. De sus pérdidas. De sus luchas invisibles.
El pueblo Muruy, como tantos otros, ha vivido décadas de abandono, de violencia y de olvido. Sus historias no fueron prioridad nacional. No hubo comisiones que recorrieran sus territorios con la misma urgencia con la que se atienden los conflictos de las grandes ciudades. La historia amazónica quedó al margen de la historia oficial.
Y ese abandono no es solo pasado. Es presente. Porque hoy la Amazonía sigue esperando lo mismo que esperaba hace décadas: justicia, reconocimiento y presencia real del Estado. No promesas. No discursos. No visitas fugaces en campaña electoral.
Mientras en Lima se discuten megaproyectos y reformas, en la Amazonía aún se lucha por lo básico: educación digna, salud, agua segura, seguridad y oportunidades para los jóvenes. La distancia entre el discurso nacional y la realidad amazónica es tan grande como el río Amazonas.
Por eso la jornada intercultural del Putumayo no es solo un evento comunitario. Es un grito colectivo. Es la evidencia de que los pueblos se están organizando para narrar su propia historia, porque nadie más lo hará por ellos.
Los jóvenes amazónicos no quieren heredar el silencio. Quieren conocer lo que ocurrió, entenderlo y exigir que no vuelva a repetirse. Quieren una comisión de la verdad que escuche a sus abuelos, que reconozca sus historias y que integre la memoria amazónica en la memoria nacional.
Porque un país que no escucha a sus pueblos está condenado a repetir sus errores. Y el Perú ha repetido demasiadas veces el error de mirar la Amazonía solo cuando necesita sus recursos, pero no cuando necesita su gente.
La Amazonía no quiere lástima. Quiere respeto. Quiere presencia estatal sostenida. Quiere políticas públicas que nazcan desde el territorio y no desde escritorios distantes. Quiere que su historia deje de ser invisible.
Hoy la Amazonía habla con claridad. Habla con memoria, con dignidad y con esperanza. La pregunta ya no es si tiene algo que decir. La pregunta, incómoda y urgente, sigue siendo la misma: ¿quién está dispuesto a escucharla de verdad?






