Hay escenas que se repiten cada día en Iquitos y que, con el paso del tiempo, han dejado de sorprendernos. Jóvenes durmiendo en veredas, personas consumidas por las drogas deambulando sin rumbo, rostros que evidencian abandono y desesperanza. Lo más preocupante no es solo que existan, sino que hemos aprendido a convivir con esa realidad sin reaccionar.
Nos hemos acostumbrado a mirar sin ver. A caminar más rápido, a cambiar de vereda, a decirnos que no podemos hacer nada. Esa normalización del abandono es una señal profunda de endurecimiento social. Cuando una tragedia deja de conmovernos, empieza a volverse parte del paisaje.
Hace años, ver a un joven atrapado por las drogas generaba alarma y debate. Hoy se ha convertido en una escena cotidiana. Y cuando lo cotidiano es la tragedia, la sociedad entra en una peligrosa zona de indiferencia.
El consumo de drogas en la ciudad ya no es un problema aislado. Es una crisis social que golpea barrios enteros, familias completas y generaciones jóvenes que van quedando en el camino. Cada persona que termina en la calle no llegó allí por casualidad; llegó tras una cadena de fallas familiares, sociales, económicas y estatales.
Mientras el Estado aparece de forma tímida o insuficiente, son organizaciones civiles y espacios solidarios los que sostienen la línea más dura de esta batalla. Centros de rehabilitación sobreviven con donaciones, rifas y pequeños aportes ciudadanos, intentando rescatar vidas que la sociedad dejó atrás.
En ese escenario, la Iglesia Católica cumple un rol silencioso pero enorme. La Casa Talita Kumi, impulsada por el padre Raymundo Portelli desde la parroquia San Martín de Porres, se ha convertido en refugio y esperanza para jóvenes que buscan una segunda oportunidad. Allí no solo se brinda techo y alimento, se ofrece acompañamiento, escucha y la posibilidad de reconstruir vidas.
Al mismo tiempo, la realidad golpea con fuerza en los exteriores de la parroquia Santo Cristo de Bagazán, donde el padre Walker Dávila enfrenta diariamente una situación que duele: los espacios cercanos al templo son utilizados por personas consumidoras que buscan refugio en la noche. Es la evidencia más cruda de que la crisis está a la vista de todos, incluso a las puertas de la fe.
Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿por qué la rehabilitación depende de la caridad? ¿Por qué la contención recae principalmente en la Iglesia y en organizaciones sociales? No podemos seguir delegando a la buena voluntad lo que debería ser una política pública sostenida y visible.
La droga no distingue distritos ni clases sociales. No hay barrio donde no exista esta realidad, ni familia que esté completamente a salvo. Sin embargo, seguimos actuando como si el problema estuviera lejos.
Lo más peligroso es la insensibilidad que avanza silenciosamente. Cuando dejamos de conmovernos, dejamos de reaccionar. Y cuando dejamos de reaccionar, dejamos de buscar soluciones.
Y si alguien que nos escucha hoy está atrapado en este camino oscuro, que sepa que aún hay puertas abiertas, manos extendidas y oportunidades de empezar de nuevo. Pedir ayuda no es rendirse, es el primer acto de valentía. Tal vez el cambio que necesita nuestra ciudad empieza cuando decidimos no mirar de lejos, sino dar el paso para volver a la vida.






