Hablar de educación en Loreto es hablar de una deuda histórica que aún no encuentra reparación. Hoy, mientras los docentes universitarios de la UNAP se mantienen en huelga indefinida exigiendo la homologación de sus sueldos y el respeto a sus derechos laborales, los profesores del SUTE Loreto anuncian un paro regional por la misma razón: la defensa de la dignidad docente y la exigencia de condiciones justas para enseñar. Es la voz de un magisterio cansado, que no solo pide mejoras económicas, sino también un sistema educativo digno para sus estudiantes.
La realidad en los colegios de Loreto es alarmante. Muchos centros educativos siguen esperando la culminación de obras paralizadas desde hace años, como en Cahuapanas, Trompeteros o el propio Iquitos. En algunos casos, los niños estudian en aulas improvisadas con techos de calamina, sin agua ni energía eléctrica, y con servicios higiénicos colapsados. Resulta indignante que, en pleno siglo XXI, en la región más extensa del país, todavía haya escuelas donde los estudiantes deben llevar su propio banco o escribir sobre sus piernas.

El abandono de la infraestructura educativa refleja una indiferencia institucional que parece normalizar la precariedad. Cada año, se anuncian millonarios presupuestos para mejorar colegios o construir nuevos locales, pero pocos llegan a concretarse. Los expedientes se pierden entre trámites, licitaciones cuestionadas y promesas políticas que caducan antes de ser cumplidas. En ese contexto, ¿cómo hablar de calidad educativa cuando el entorno mismo contradice el derecho a aprender con dignidad?
A ello se suma la complejidad geográfica del territorio loretano. Llevar educación a comunidades fluviales o fronterizas implica navegar durante días, atravesar ríos impredecibles y llegar a poblaciones donde el único maestro debe ser también enfermero, psicólogo y guía comunitario. Sin embargo, los incentivos para los docentes que laboran en zonas rurales son casi inexistentes. Muchos trabajan sin nombramiento, con sueldos bajos y en condiciones extremas, pero mantienen viva la vocación de enseñar. Esa es la otra cara del esfuerzo educativo en Loreto: la del sacrificio silencioso.
En el ámbito universitario, la situación tampoco es alentadora. La Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, principal centro de formación superior en la región, enfrenta una huelga indefinida que evidencia el desinterés del Estado por atender las demandas de los docentes. Sin estabilidad laboral, sin homologación salarial y con presupuestos insuficientes para investigación, la universidad pública se debilita. ¿Cómo formar profesionales competitivos si los maestros no cuentan ni con condiciones mínimas para ejercer su labor académica?

Mientras tanto, el discurso político insiste en que “la educación es prioridad”, pero las cifras y los hechos dicen lo contrario. Loreto sigue teniendo los peores indicadores de rendimiento escolar del país, con brechas abismales entre el área urbana y rural. La conectividad digital es un lujo, los materiales educativos llegan tarde o no llegan, y el acceso a educación inicial aún es limitado en muchas comunidades indígenas. La desigualdad se perpetúa en cada aula deteriorada y en cada joven que abandona la escuela por falta de oportunidades.
La educación no puede seguir siendo un tema de campaña, sino un compromiso real de Estado. Se requiere una política sostenida que combine infraestructura adecuada, formación docente de calidad, acceso a tecnología y atención a las condiciones sociales que afectan el aprendizaje. Invertir en educación no es gasto, es la base de todo desarrollo humano y sostenible.
Desde esta tribuna, hacemos un llamado a las autoridades regionales y nacionales a escuchar el clamor del magisterio, a priorizar la culminación de las obras paralizadas y a garantizar los recursos necesarios para que ningún niño ni joven loretano quede al margen del derecho a una educación digna. La indiferencia solo profundiza el atraso.

La selva no necesita discursos grandilocuentes, sino acciones concretas. Necesita escuelas seguras, docentes valorados y universidades fortalecidas. Solo así podremos hablar de futuro, de progreso y de justicia social. Porque mientras un niño en Loreto estudie bajo un techo que se cae o un maestro proteste por sobrevivir con su salario, no habrá desarrollo posible ni promesa cumplida.
Y quizás este sea el momento de entender que sin educación, Loreto no solo pierde su presente, sino también su esperanza.






