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Editorial | Cuando la oscuridad deja de ser un fenómeno natural y se convierte en una negligencia consentida

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Ayer, a las seis de la tarde con un minuto, Iquitos volvió a quedarse en la oscuridad. Una hora y media sin luz en plena ciudad capital no es un “incidente”, ni un “corte imprevisto”, ni un “motivo de fuerza mayor”. Es el síntoma de un colapso silencioso que venimos normalizando a la fuerza. Y lo más indignante es que, mientras la población lucha para adaptarse al apagón, las empresas responsables como Electro Oriente y Genrent responden con comunicados calcados, sin autocrítica, sin asumir su responsabilidad y sin ofrecer una explicación técnica que merezca llamarse seria.

Electro Oriente culpó a una “desconexión”. Genrent, a una “actualización del sistema de comunicaciones”. Dos excusas que no resisten el más mínimo análisis y que, por supuesto, no explican por qué un sistema eléctrico regional puede caerse por completo por una sola falla. Lo que sí explican es otra cosa: la fragilidad absoluta del sistema, la falta de inversiones sostenidas y la pobreza operativa de un servicio que debería ser estratégico. Y mientras ellos se culpan entre líneas, nosotros nos quedamos con velas, improvisando, esperando a que “restituyan progresivamente”.

Esto no es un episodio aislado. El propio Ministerio de Energía y Minas declaró hace un año que el sistema eléctrico de Iquitos está en “grave deficiencia”. Lo hizo porque la capacidad de generación no cubre la demanda, porque el sistema es obsoleto y porque Loreto sigue dependiendo de soluciones temporales, parchadas, improvisadas. Así lo reconoce el Decreto Supremo que amplía la emergencia eléctrica hasta el 2028. ¿Cómo puede un territorio vivir en emergencia energética durante casi una década? ¿Cómo es posible que esto no escandalice a quienes toman decisiones en Lima?

A los ciudadanos sí nos escandaliza, porque los costos los pagamos nosotros: los comerciantes que pierden ventas y productos; las familias que ven arruinarse medicinas y alimentos; los estudiantes que no pueden estudiar; los centros de salud que operan al límite; los equipos eléctricos que se dañan ante cada bajón; la inseguridad que crece en la penumbra. Los comunicados no reparan artefactos, no devuelven lo perdido, no garantizan estabilidad. El lenguaje burocrático no alumbra ni una habitación.

Iquitos no puede seguir viviendo a merced de apagones que parecen sacados de otra época. Tampoco pueden seguir burlándose del ciudadano con comunicados que no informan, no explican y no resuelven. La electricidad es un derecho básico en un país que presume de modernidad y crecimiento económico. Pero aquí, en la Amazonía, la luz aparece y desaparece como si dependiera del clima o del azar. No se trata de mala suerte: se trata de mala gestión y de una negligencia que ya tiene décadas.

Y este drama no es solo nuestro. En Requena, Contamana, Yurimaguas, Caballococha, Lagunas y otros pueblos bajo la concesión de Electro Oriente, los pobladores reportan lo mismo: cortes no programados, equipos inestables, falta de mantenimiento, excusas repetidas. ¿Cómo puede una sola empresa sostener un sistema tan amplio y tan delicado sin supervisión real, sin auditorías públicas, sin mecanismos de exigibilidad? ¿Quién supervisa a los supervisores?

La ausencia de rendición de cuentas es, quizá, el apagón más peligroso. No se trata solo de exigir que Electro Oriente y Genrent expliquen qué pasó ayer. Se trata de exigir que expliquen qué van a hacer mañana, pasado, el próximo mes, el próximo año. ¿Cuál es el plan real para dejar de ser una región dependiente de contratos temporales con generadoras privadas? ¿Dónde están las inversiones? ¿Dónde está la fiscalización? ¿Quién le pone el cascabel a un sistema que ya no soporta un solo fallo más?

Es momento de que las autoridades regionales alcen la voz con la misma intensidad que la ciudadanía. No basta con pronunciar discursos de indignación; se necesita acción política, presión institucional, representación verdadera. Y es momento también de que los parlamentarios que dicen representar a Loreto pongan este tema en agenda nacional de una vez por todas. El desarrollo no puede florecer en la oscuridad. No puede haber competitividad sin energía estable. No puede haber calidad de vida con cortes diarios.

Como sociedad, debemos preguntarnos cuánto tiempo más aceptaremos este trato desigual. ¿Por qué la Amazonía debe conformarse con servicios de segunda categoría? ¿Por qué lo que en Lima sería un escándalo nacional aquí apenas es una molestia más? El centralismo también se expresa en watts: mientras otras regiones avanzan hacia energías limpias y sistemas inteligentes, nosotros seguimos rogando por luz estable.

Esta editorial es un llamado urgente, directo y necesario: Loreto merece un sistema eléctrico digno, moderno y responsable. Merece empresas que respondan, no que se oculten detrás de comunicados. Merece autoridades que gestionen, no que observen. Y merece ciudadanos que no bajen la voz, que no se acostumbren, que no acepten este apagón moral. Nadie debería vivir agradeciendo que vuelva la luz. Porque la luz no es un favor: es un derecho. Y ya es hora de exigirlo con toda la fuerza que nos queda.

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