FIBRAS DE ORALIDAD
Ana Varela Tafur
Columnista
En sus primeros recorridos el regatão fue un antiguo vendedor andariego de origen popular que llegó desde Portugal a Brasil, aproximadamente, en el siglo XVII. La palabra portuguesa regatão empezó a usarse en la Edad Media, aproximadamente, desde el siglo XIV (Reinado de Alfonso IV). El andante de las aguas fue, en esencia, el producto social de la sociedad mercantil de la Corte portuguesa que intensificó su consumo interno a la par que expandió sus influencias comerciales a sus colonias. El filólogo y escritor portugués, Cándido de Figueredo, define a este personaje por su actividad principal como alguien que “regatea”, en otras palabras, que negocia un precio de común acuerdo con el comprador. Afirma José Alípio Goulart, autor O regatão, mascate fluvial da amazônia (1968), libro del que extraímos las citas que, en Brasil, “la palabra regatão vino a ser un punto de contacto en el bagaje idiomático del colonizador portugués”. Y añade que la acepción de este vocablo tuvo en Brasil el significado de vendedor ambulante (mascate) de géneros alimenticios. Con el correr de los años y por un fenómeno de uso que Goulart llama, “retracción geográfica”, la palabra regatón se refirió a una sola área, localizándose en la vasta región de la Amazonía.

Desde fines del Siglo XIX la importancia de este negociador de los ríos ha sido determinante en una economía sustentada por la precariedad y la escasez de dinero. El personaje regatón adopta en la Amazonía brasileña una especial singularidad por su movilidad constante (usando un vehículo acondicionado a las exigencias del medio acuático ya sea una “galeota” o “coberta”) y por el intercambio de productos que transporta desde las ciudades que luego negocia (regatea) con productos naturales extraídos por indígenas y mestizos, incluyendo el caucho y la seringa. De dicho trueque de bienes se produjo un dudoso sistema crediticio debido a que mientras recorría pueblos distantes el regatón iba adquiriendo un destacado protagonismo y, al poner en contacto dos universos desconocidos, se constituyó a sí mismo en un sujeto bisagra, un personaje de gran importancia económica, social y cultural especialmente durante el boom del caucho. Un dato valioso es que los regatones no fueron necesariamente portugueses, sino también inmigrantes sirios, libaneses, turcos y judíos quienes transitaban los ríos comercializando productos de la “modernidad” mediante formas de crédito que funcionaban según las reglas circunstanciales de adquisición de bienes, como si fueran audaces y auténticos “piratas fluviales”, como los nombra la historiadora Barbara Weinstein. Samuel Benchimol, economista oriundo de Manaos, refiere que la contribución sirio-libanesa se produce en la Amazonía a partir del último cuarto del siglo XIX e inicios del siglo XX, cuando comenzaron a llegar una ola de inmigrantes desde diversos países del Medio Oriente a Belém, Manaos e interior de los Estados del Gran Pará y Acre y, una vez instalados en el comercio local, tuvieron una participación destacada en la economía y en la sociedad amazónica. Miles de ellos fueron regatōes. Benchimol añade que esos allegados dejaron sus aldeas de Damasco, Beirut, entre otras, para “arriesgar la vida y “mourejar” [trabajar mucho como un moro] en Belém do Pará, Manaos, Porto Velho, Rio Branco, en las riberas y en los altos ríos de la siringa”. Llegado de tan lejos, el personaje dejó de ser un inmigrante, se asimiló al medio ribereño y se convirtió en un producto social de su propia incursión individual en la actividad mercantil de los pueblos amazónicos. Transitando ríos y nuevas lejanías el regatón alcanzó protagonismo en Perú y Colombia donde prosigue su viaje que al parecer aún no termina.
El Cerrito, California, febrero 2026






