Loreto cerrará el 2025 con una noticia que, en cualquier región, sería motivo de orgullo pleno: el 2026 nos encontrará con tres equipos compitiendo en el fútbol profesional. Yanapuma representará a la región en la Liga 1 Femenina, mientras que Comerciantes FC y CNI disputarán la Liga 2 tras el histórico ascenso del cuadro albo. Es un logro enorme para una región que durante años luchó por recuperar protagonismo en el balompié nacional y cuya afición jamás dejó de alentar, aun en tiempos de sequía deportiva.
Sin embargo, esta alegría viene acompañada de una preocupación que amenaza con opacar la celebración: no tenemos estadio habilitado para competir. La cancha sintética del estadio Max Augustín no cumple actualmente con los estándares exigidos por la Federación Peruana de Fútbol y la FIFA, y todo indica que en el estado en que se encuentra difícilmente volverá a pasar una inspección en 2026. La pregunta es inevitable ¿de qué sirve tener equipos clasificados si no contamos con un escenario donde puedan jugar como locales?
La respuesta es dura pero clara. Sin localía, no hay proyecto sostenible. Comerciantes ya vivió la experiencia de jugar fuera de Iquitos, específicamente en Tarapoto, con resultados económicos desastrosos, tribunas semivacías, costos elevados y nula conexión con la hinchada. Repetir ese escenario para tres clubes sería una carga financiera casi imposible de sostener. Armar planteles competitivos, contratar técnicos y jugadores, proyectar campañas serias, resulta sumamente difícil cuando ni siquiera se sabe dónde se jugará ni cuáles serán los ingresos por taquilla o auspicios.
Lo más frustrante es que el problema está focalizado, no se necesita una obra faraónica, sino una solución concreta e inmediata. El cambio de la alfombra sintética es la urgencia mínima. No hablamos de un megaproyecto de remodelación integral, que bien podría esperar, sino de una intervención puntual que permita contar con un campo reglamentario. Según especialistas consultados, los plazos ya son ajustados, y si la licitación no se activa este mismo mes, prácticamente será imposible tener la cancha lista para el inicio del torneo 2026.
Mientras tanto, las promesas se repiten sin resultados. El Gobierno Regional ha mencionado reiteradamente la voluntad de ejecutar los trabajos, incluso ha hablado de proyectos millonarios, pero hasta hoy no existe licitación, cronograma ni señal concreta de ejecución. Todo sigue en el terreno de los anuncios mediáticos, que con el tiempo van perdiendo crédito. La palabra oficial se desgasta cuando se repite sin transformarse en acción.
La incertidumbre no solo golpea a los clubes y a los futbolistas. También afecta directamente a la economía local. Cada partido en Iquitos moviliza a centenares de trabajadores informales: vendedores ambulantes, mototaxistas, cuidadores de vehículos, comerciantes de camisetas, puestos de comida, pequeñas bodegas, restaurantes y hospedajes. El fútbol se ha convertido en un motor de dinamización económica que, lejos de ser un gasto superficial, genera empleo temporal y circulación de dinero en los barrios. Jugar fuera de casa implica apagar todo ese movimiento.
Resulta paradójico que, cuando la región finalmente se gana un lugar en el mapa futbolístico nacional, el Estado no esté a la altura del momento. En vez de consolidar este logro, pareciera que se deja escapar una oportunidad histórica para fortalecer el deporte y su impacto social. Porque el fútbol no es solo espectáculo: es identidad, es cohesión social, es disciplina para la juventud y es, además, una herramienta directa de desarrollo económico.
Más preocupante aún es que este abandono no se limita al fútbol. Deportes como el básquet, el box, el atletismo o incluso el voleibol han quedado virtualmente relegados, sobreviviendo gracias al esfuerzo aislado de dirigentes y docentes. Los Juegos Escolares no han tenido resultados destacados y la infraestructura deportiva permanece subutilizada o cerrada. La señal es clara: no existe una política regional seria de promoción del deporte.
Loreto vive hoy un contraste doloroso: éxitos deportivos logrados por mérito de clubes y jugadores, frente a un evidente abandono institucional. Celebramos los triunfos, pero exigimos responsabilidad. La cancha del Max Augustín no puede seguir siendo un símbolo de promesas incumplidas. Si tenemos equipos para competir en el 2026, debemos tener un estadio para albergarlos. La afición ya cumplió con su parte: alentar, apoyar y creer. Ahora le toca responder a quienes tienen en sus manos la capacidad de convertir ilusión en realidad.






