La voz del doctor Juan Carlos Celis no es una más en el ruido cotidiano. Es una voz que incomoda porque pone cifras donde muchos prefieren discursos, y realidades donde otros insisten en propaganda. Su balance del sector salud al cierre del 2025 es, sin exagerar, un retrato duro y doloroso de lo que vive Loreto: una región que ha retrocedido en casi todos los indicadores sanitarios esenciales.

Hablar de más muertes maternas durante tres años consecutivos no es solo una estadística fría. Es la evidencia de un sistema que falla en lo más básico: proteger la vida de las mujeres en el momento más vulnerable. Que Loreto siga encabezando este indicador, pese a presupuestos, planes y autoridades de turno, revela una incapacidad estructural que nadie ha querido enfrentar con seriedad.
La malaria, enfermedad histórica en la Amazonía, vuelve a crecer en una región que hace diez años hablaba de “malaria cero”. El dengue triplicó su letalidad. La tos ferina cobró decenas de vidas infantiles. La vacunación cayó a niveles vergonzosos. Nada de esto ocurrió de un día para otro. Es el resultado de decisiones postergadas, de estrategias mal diseñadas y de una peligrosa costumbre de administrar la salud desde el escritorio y no desde el territorio.

Más grave aún es que Loreto lidere los casos de diarrea y neumonía en niños menores de cinco años. Enfermedades prevenibles, tratables, controlables. Cuando un niño muere por estas causas, no muere solo por una bacteria o un virus: muere por ausencia del Estado, por postas sin personal, por centros de salud sin medicamentos, por sistemas que no llegan a tiempo.
Los hospitales emblemáticos de la región, el Hospital Regional y el Hospital Iquitos, se han convertido en símbolos del colapso permanente. Crisis tras crisis, promesa tras promesa. Tomógrafos que se malogran, servicios saturados, profesionales exhaustos. Mucho fierro, mucho cemento, pero poco sistema, poca gestión y menos planificación.

El doctor Celis pone el dedo en la llaga cuando señala que el problema central no es la infraestructura, sino el recurso humano. Loreto tiene la tasa más baja de personal de salud por habitante en todo el país. Sin médicos, enfermeras y técnicos suficientes, ningún hospital moderno funciona. Sin incentivos reales, nadie se queda en las comunidades más alejadas. Y sin presencia permanente en el primer nivel de atención, la emergencia siempre llega tarde.
Resulta preocupante que, en pleno año electoral, los discursos vuelvan a girar alrededor de grandes obras y equipos costosos, mientras se evita hablar de metas concretas: reducir la anemia, aumentar la vacunación, bajar la mortalidad materna. Nadie quiere comprometerse con indicadores, porque los indicadores se miden y se reclaman. El cemento se inaugura; la salud se sostiene.

Quizá lo más inquietante de todo es lo que el propio doctor señala: hemos normalizado esta tragedia. Nos hemos acostumbrado a hospitales colapsados, a brotes epidémicos, a muertes evitables. Hemos perdido la capacidad de indignarnos. Y cuando una sociedad deja de indignarse frente al sufrimiento evitable, el deterioro se vuelve costumbre.
Radio La Voz de la Selva tiene el deber de incomodar, de insistir, de no permitir que esta realidad se tape con publicidad ni con promesas de campaña. La salud no puede seguir siendo un tema secundario, ni un párrafo perdido en los planes de gobierno. Es la base mínima de cualquier idea de desarrollo.

El 2026 será un año de decisiones. Y esas decisiones no pueden tomarse con olvido ni con resignación. Escuchar a quienes, como el doctor Celis, hablan desde los datos y desde la experiencia, no es una opción: es una urgencia. Porque sin salud, no hay futuro que celebrar ni esperanza que sostener.






