Miguel Donayre Pinedo
La sabiduría o la experiencia popular hacen con humor, chistes o burlas urticantes sobre los abogados, abogadas y abogades. No en vano hay una sentencia castellana que dice: ¡Pleitos, tengas! Que es una suerte de suplicio meterte en un pleito judicial. En los materiales de lectura del curso de Filosofía del Derecho de Fernando de Trazegnies, tiene un epígrafe lapidario de William Shakespeare: «Primero, matemos a los abogados», es uno de los materiales de lectura para la formación de abogades más inteligentes que he podido leer. También otros profesionales que acumulan gracias son los que se dedican a la medicina, ahí el tema es sensible porque toca mimbres de la salud y de la vida. Pero en estos tiempos líquidos, hay pocos chistes sobre los economistas, nuestras vidas han estado y están en manos de sus consejos y recomendaciones de quienes toman decisiones. Recordemos como peruches de un economista que ante las medidas tomadas en el régimen de Alberto Fujimori imploró rezar e invocó a Dios, fue por la brutal aplicación de los «planes de ajuste estructural» que fue muy duro para los bolsillos de la población, pero eso ya es olvido porque han premiado a la hija dándole la primera magistratura de la nación y a sus ministros con poca ejemplaridad pública. Los antropólogues tan venerados en la floresta también entran con el pie derecho al guion de ironías, se puede ver en el jocoso libro de Nigel Barley «El antropólogo inocente». En Iquitos, el ingreso de los abogados al mundo social de la floresta no lo pusieron fácil algunas autoridades, como nos cuenta el cronista Jenaro Herrera. Uno de ellas colgó el rótulo donde se prohibía el ingreso de estos profesionales a su despacho. Pero al margen de las bromas, de Shakespeare o la anécdota contada por Jenaro Herrera, hay ciudades que nadan a contracorriente de estas situaciones. En mi paso por la ciudad de León, en España, me topé, circunstancialmente, con la calle que homenajeaba a un sector de los abogados tanto en castellano y en bable, decía: Calle de La Abogacía del Turno de Oficio/ L´Abogacía del Turnu D´Oficiu, hubiera que hurgar las razones para tal nombre en el callejero. Mientras lo leía, para mis adentros rogaba y ruego que ningún político o autoridad emule poner la calle a los abogades en la floresta, creo todavía no han estado a la altura de las circunstancias.






