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EDITORIAL | El centralismo también existe dentro de Loreto

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Loreto no solo sufre el centralismo de Lima. También padece uno propio, silencioso y persistente, que concentra decisiones, recursos y visibilidad en Iquitos, mientras las provincias y comunidades rurales siguen esperando lo elemental: agua segura, caminos transitables, conectividad y presencia real del Estado.

Desde la capital regional se planifica, se anuncia y se inaugura. Pero fuera de ella se posterga. Alto Amazonas, Datem del Marañón, Requena, Ucayali, Putumayo o Mariscal Ramón Castilla aparecen en el discurso solo cuando hay conflicto, protesta o emergencia. El resto del tiempo, la región parece terminar en el perímetro urbano de Iquitos.

La desigualdad no es un accidente; es el resultado de decisiones repetidas. Presupuestos que se ejecutan donde es más fácil cortar cinta, proyectos que se diseñan sin mirar el territorio y políticas públicas pensadas para la ciudad, como si Loreto fuera homogéneo. No lo es. Y esa negación cuesta caro.

En las comunidades rurales, la conectividad sigue siendo una promesa. No hay vías de penetración, el transporte es precario y la comunicación digital es intermitente o inexistente. ¿Cómo hablar de desarrollo si llegar a un puesto de salud implica horas o días de viaje? ¿Cómo exigir productividad si sacar una cosecha es una odisea?

La educación reproduce la brecha. Escuelas unidocentes, maestros que no llegan, estudiantes que abandonan porque el colegio “queda lejos”. Mientras tanto, la agenda educativa se discute en la ciudad, con indicadores urbanos que no reflejan la realidad del campo. El resultado es una juventud rural sin oportunidades y sin horizonte.

La salud tampoco escapa al patrón. Centros sin personal ni medicamentos, referencias tardías, pacientes que deben migrar a la capital provincial o a Iquitos para recibir atención básica. La prevención no llega y la emergencia llega tarde. Así, la distancia se convierte en riesgo vital.

Este centralismo interno también es político. Las provincias son visitadas en campaña y olvidadas en gestión. Se firman actas, se prometen retornos, se fijan plazos. Luego, el silencio. Y cuando la paciencia se agota, se acusa a la protesta de “radical” sin reconocer que fue la única vía para ser escuchados.

No se trata de enfrentar a Iquitos con el resto de Loreto. Se trata de entender que una región no se gobierna desde una sola ciudad. Gobernar Loreto exige presencia permanente, planificación territorial y decisiones que salgan del mapa urbano.

La descentralización real empieza dentro de casa. Con presupuestos que prioricen brechas, con equipos técnicos en territorio, con metas verificables y rendición de cuentas por provincia. Sin eso, el discurso regionalista es solo retórica.

Loreto no necesita más anuncios desde Iquitos. Necesita Estado en el río, en la carretera que no existe, en la escuela olvidada y en la posta sin médico. Mientras el poder siga concentrado, la desigualdad seguirá creciendo. Y esa deuda, tarde o temprano, vuelve a cobrarse.

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