Miguel Donayre Pinedo
El panorama noticioso es cada día más lamentable, líderes políticos y sus palafreneros enlodando la palestra. Todo el mundo opina sobre cualquier cosa, pareciera una cortina de humo para entretenernos mirando el celular y ocultar lo que está pasando. En los años setenta el Club de Roma, que reunía a prestigiosos economistas, advirtió de los límites del crecimiento económico, el modelo económico vigente hace aguas. Recordemos que este modelo cada cierto tiempo tiene crisis y los Estados son el salvavidas a los desatinos de las empresas financieras. Bajo ese aguacero de desencanto cayó en mis manos el libro «Progreso. Historia de la peor idea de la humanidad» de Samuel Miller McDonald, él es geógrafo de formación. Miller revisa el recorrido del concepto de progreso a lo largo de la humanidad que va desde Mesopotamia hasta nuestros días –pasando por los regímenes del socialismo de Estado o del Estado capitalista como China que han estado y están incursos en ese mismo discurso. Esta definición ha sido alimentada desde diferentes aproximaciones bajo la lógica parasitaria de la extracción de los recursos naturales. Es decir, de capturar energía en perjuicio de otro como dice la ecología. En el texto, hay valiosas citas etnográficas de pueblos indígenas de América del Norte sobre los invasores de esas tierras, decían que los ingleses apestaban a heces porque estos apenas se bañaban una vez al mes frente a ellos que se bañaban a diario. Miller señala que el progreso así como está planteado ha traído un planeta con serio déficit ambiental. Esa lógica parasitaria lo vemos en la extracción de los recursos naturales o de la energía fósil hasta agotarlos, y lo vivimos claramente en la Amazonía. Ese mismo discurso del progreso, señala que los indígenas o las poblaciones ribereñas son una traba para el desarrollo, en consecuencia, hay que eliminarlos, un ejemplo son las áreas de protección a pueblos indígenas no contactados, que muchos congresistas de la floresta se afanan en suprimirlas. Con ese razonamiento se conquistó el oeste americano que los juristas amazónicos (y contemporáneos) aliados de los capitalistas caucheros aplaudían. Desgraciadamente, los heraldos del progreso por estos barrizales solo han traído resquemor y tragedias. El libro de Miller nos viene como anillo al dedo para la discusión de lo que llamamos progreso en este lado de la floristanía –la ciudadanía de la floresta.






